200 años de la batalla de Salta: victoria y traición a Belgrano

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Ante el pedido de rendición de las tropas realistas, contestó nuestro prócer: “Diga Ud. a su general que se despedaza mi corazón al ver derramada tanta sangre americana; que haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos que ocupan sus tropas”.

Pablo Yurman

(ArgentinosAlerta.org) El 24 de septiembre de 2012 se recordó el bicentenario de la Batalla de Tucumán, en la cual las tropas patriotas comandadas por el General Manuel Belgrano, en inferioridad numérica respecto del enemigo, derrotaron a los realistas, lo que logró detener su avance que amenazaba ya con posicionarse mucho más al Sur llegando hasta la misma Córdoba.

Pese a la trascendencia del triunfo en Tucumán, que Belgrano atribuyó a Ntra. Sra. de la Merced a quien ofrendó su bastón de general, por sí solo no aseguraba el control sobre todo nuestro gran Norte. El área a ganar para la causa revolucionaria equivalía no sólo a Salta y Jujuy; también incluía las provincias del Alto Perú, hoy Bolivia.

Era claro que los realistas no abandonarían estas ricas provincias sin presentar dura resistencia. Por eso Belgrano no dilató más tiempo el descanso que se aseguró en Tucumán, y en cercanías de Salta, el 13 de febrero de 1813 hizo formar sus tropas frente al río Pasaje donde las hizo jurar lealtad a la recién instalada Asamblea General Constituyente.

Para entender el gesto no debe olvidarse que la convocatoria de esa asamblea había encendido el entusiasmo de los pueblos toda vez que debía declarar formalmente la independencia y organizar el nuevo estado. No haría ninguna de las dos cosas trascendentes y terminaría haciendo “cosmética” casera para contentar a la “opinión pública” de la ciudad puerto. Pero Belgrano interpretó el sentir colectivo haciendo jurar fidelidad a aquella Asamblea, para lo cual mandó hacer una bandera que sobre fondo blanco tenía el sello de la Asamblea, que luego sería donada al pueblo de Jujuy.

Los protagonistas

Al igual que en Tucumán, los dos ejércitos enemigos eran conducidos por los mismos líderes: Manuel Belgrano y Pío Tristán, quien curiosamente no era, como no lo era la mayor parte de su oficialidad y tropa, nacido en España, sino americano de pura cepa. Había nacido en Arequipa, Perú, ciudad a la que volvería luego de ser derrotado en Salta.

Nuevamente Belgrano demostraría que pese a su condición de abogado, y sin conocer el terreno en el que se movería, no le faltaba el genio y la inspiración que en esta oportunidad, como en otras, decidiría el futuro de su ejército. Sabiendo que Tristán lo esperaba con su ejército en el paraje llamado Portezuelo, entonces en las afueras de Salta, siguió el consejo de un baqueano, Apolinario Saravia, quien le indicó un sendero estrecho y peligroso conocido como Quebrada Chachapoyas, a través del cual tomaría por sorpresa al enemigo.

Dice Sierra que “reconocida la senda se convino en que, pese a su angostura, era practicable. Se trataba de franquearla en horas de la noche y bajo la lluvia, con un ejército de cerca de tres mil hombres, artillería y medio centenar de carretas. Hazaña que fue cumplida, y el 18 de febrero Belgrano se encontraba en Lagunillas, a tres leguas de Salta, ocupando una posición magnífica frente al campo de Castañares, en condiciones de atacar al enemigo por la retaguardia.”

El 20 de febrero a la mañana Belgrano comenzó su avance sobre la ciudad. Vale la pena recordar quiénes eran algunos de sus oficiales. Una columna estaba al mando de Manuel Dorrego. Las restantes eran dirigidas por los comandantes José Superí, Francisco Pico y Benito Álvarez. Otra por el sargento Carlos Forest. La caballería se confió al Teniente Coronel Cornelio Zelaya. También comandaban tropas, entre otros, Gregorio Perdriel, el Teniente de Dragones José Díaz Vélez y el Coronel Martín Rodríguez, quien años más tarde sería gobernador de Buenos Aires.

El combate tuvo lugar en el mismo sitio donde hoy se alza el Parque 20 de Febrero, a pocas cuadras de la Plaza Mayor de la ciudad.

El significado de la victoria

Ante el pedido de capitulación llevado por un enviado de Tristán, contestó nuestro prócer: “Diga Ud. a su general que se despedaza mi corazón al ver derramada tanta sangre americana; que haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos que ocupan sus tropas”. La victoria patriota fue contundente. Si la victoria en Tucumán pudo atribuirse a la Virgen de la Merced, en Salta demostró ese abogado, que lo dejó todo por amor a su patria, que pese a su voz aflautada tenía todos los atributos que había que tener en la hora, dando muestras de astucia y coraje.

Se hizo jurar a los vencidos que jamás volverían a tomar las armas contra la causa de las Provincias Unidas del Sur, lo que incluía por cierto los ricos territorios del Alto Perú y las Misiones, que luego se desgarrarían territorialmente por torpeza diplomática y prejuicios ideológicos del unitarismo porteño.

Este dato resulta de la mayor importancia: Belgrano era, junto con muchos otros patriotas como San Martín y Artigas, por citar solo algunos, y la inmensa mayoría de nuestro pueblo, parte de quienes concebían la Revolución como una definitiva emancipación político-institucional de una España decadente que, para colmo de males, no nos trataba como provincias del Imperio que fuimos, sino como meras colonias pobladas con ciudadanos de segunda clase. Pero emancipación de España no suponía en lo más mínimo acatar dócilmente los dictados de Gran Bretaña, ni mucho menos atomizar en múltiples e ínfimos estados el antiguo Virreinato del Río de la Plata.

Escuelas para el pueblo

Al llegar a Buenos Aires la noticia del triunfo, la Asamblea votó un premio de $40.000 para el General Belgrano, dinero que jamás se le entregaría. Interesa saber que el patriota que en 1820 moriría en la más absoluta pobreza, dispuso que el dinero se destinara a crear escuelas en todo el Norte de nuestro extenso territorio, a cuyo fin él mismo redactó un reglamento en el que se lee:

  • “5º- Se enseñará en estas escuelas a leer, escribir, y contar: la gramática castellana; los fundamentos de nuestra sagrada Religión y la Doctrina Cristiana; los primeros rudimentos sobre el origen de la sociedad, los derechos del hombre en ésta y sus obligaciones hacia ella, y al gobierno que la rige”.

Asimismo, en algo ciertamente revolucionario, establecía en su artículo 10º que

  • “Se entrará en la Escuela, desde el mes de octubre hasta el de marzo, a las siete por la mañana para salir a las diez, y a las tres de la tarde para salir a las seis; y desde el mes de abril hasta el de septiembre, a las ocho de la mañana para salir a las once, y a las dos de la tarde para salir a las cinco”.

Como dirían los jóvenes de hoy, Belgrano “la tenía re-clara”. También sus enemigos internos, quienes dilatarían su deseo educativo por más de cien años, mutilando aviesamente lo medular de su contenido.

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