La memoria ideológica y la muerte de la verdad

Versión para impresiónEnviar a un amigoPDF version

Cuando el acto de memorar está animado por una conciencia dominada por la ideología la cual tiende siempre a legitimar al poder, entonces la memoria resulta instrumentalizada y, por eso, tergiversada.

Carlos Daniel Lasa

(ArgentinosAlerta.org) El actual gobierno acaba de festejar sus diez años de mandato. Entre sus logros, se jactan, se destaca el haber sido los artífices del rescate definitivo de la memoria de aquella triste época que vivió Argentina en la década de los setenta. Sin embargo, esta “memoria” declarada oficial, contrasta en muchos puntos con aquella memoria que mi alma guarda de aquellos momentos vividos en nuestra adolescencia. Y no puedo dejar de preguntarme acerca de la causa de tal manifiesta divergencia. Dar una respuesta a esta cuestión ha sido el móvil que nos llevó a escribir el presente artículo.

Consideramos que el problema radica la dimensión pragmática de la memoria. En realidad, el acto de memorar no implica sólo recibir una imagen del pasado (momento pasivo) sino también el de buscarla, el de “hacer memoria”. El ejercicio de la memoria, entonces, es su uso, pero es dado advertir que su uso implica la posibilidad del abuso [1]. Cuando el acto de memorar está animado por una conciencia dominada por la ideología la cual tiende siempre a legitimar al poder, entonces la memoria resulta instrumentalizada y, por eso, tergiversada.

No falta a esta conciencia el deliberado olvido. En este sentido uno se pregunta: ¿el ataque de la guerrilla armada en Argentina no se perpetró en contra de un gobierno constitucional cuya caída recién se produjo el 24 de marzo de 1976? ¿No se mató y secuestró a gente inocente durante todo este tiempo? Éstas y otras preguntas resultan inapropiadas para un deliberado olvido administrado desde una conciencia que ha decidido mantener un relato funcional a la construcción de un determinado poder.

Ahora bien, esta conciencia manipuladora cuenta con un juez implacable que la conducirá, tarde o temprano, a tornarse en una memoria ajustada a lo que realmente aconteció en Argentina en la década del 70. Ese juez se llama “verdad” e irrumpe cuando nadie lo espera y de la mano de hombres también inesperados. Es el caso de Oscar del Barco y de Ricardo Leis, ambos pertenecientes a los grupos de la guerrilla de esos tiempos.

Oscar del Barco, en una carta fecha en diciembre de 2004, refiere: “Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay ‘causas’ ni ‘ideales’ que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano. Responsabilidad antes los seres queridos, responsabilidad ante los otros hombres, responsabilidad sin sentido y sin concepto ante lo que titubeantes podríamos llamar ‘absolutamente otro’. Más allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el no matarás” [2]. Y termina su carta: “Ahora se trata, y es lo único en que coincido con Gelman, de la verdad, la diga quien la diga… No puedo ponerme al margen y ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, o a la inversa. Yo culpo a los militares y los acuso porque secuestraron, torturaron y mataron. Pero también los ‘nuestros’ secuestraron y mataron. Menéndez es responsable de inmensos crímenes, no sólo por la cantidad sino por la forma monstruosa de sus crímenes. Pero Santucho, Fiermenich, Gelman, Gorriarán Merlo y todos los militantes y yo mismo también lo somos. De otra manera, también nosotros somos responsables de lo que sucedió. Ésta es la base, dice Gelman, de la salvación. Yo también lo creo” [3].

Héctor Ricardo Leis publica este año el libro titulado Un testamento de los años 70. Terrorismo, política y verdad en la Argentina [4] con el objetivo de explicar “la tragedia vivida en la Argentina en los años 70” [5]. Leis sostiene una tesis novedosísima: que los montoneros, grupo al que perteneció, siempre fueron terroristas. Afirma: “… en el caso de los Montoneros la lógica y la intencionalidad del terrorismo estuvieron presentes desde su primera acción pública: el secuestro y la ejecución del general Aramburu, en 1970” [6]. Esta afirmación de Leis se sigue de caracterizar al terrorismo no atendiendo a su origen (sea estatal o no), sino atendiendo a su finalidad, esto es, a su capacidad de envenenar los conflictos “llevando la violencia (y la confusión conceptual) hasta los extremos” [7].

Y añade que resulta de fundamental importancia esta cuestión para determinar la responsabilidad en el proceso de violencia que se cargó 10.000 víctimas en Argentina. Y concluye: “Esta es una cuenta que, en defensa de la dignidad de la historia argentina, se tendría que haber hecho con precisión y consenso público hace mucho tiempo” [8]. Sin embargo, ello no ha acontecido. La memoria ideológica lo ha impedido hasta el momento. Leis lo destaca de manera explícita: “Sin embargo, en una muestra de falta de coherencia y de sesgo ideológico, esta cuenta no está en la lista de reivindicaciones de los movimientos o de los organismos que se ocupan de los derechos humanos en la Argentina” [9]. En función de todo lo expuesto, Leis se pregunta: “… ¿cuántos deberían estar en el banquillo de los acusados por la lucha armada estallada en los años 70 en la Argentina? Ciertamente, muchos más de los que hoy están” [10].

La memoria ideológica kirchnerista al igual que las Madres de Plaza de Mayo han victimizado la verdad [11] y ello tendrá graves consecuencias, tarde o temprano, para nuestra patria. Leis es plenamente consciente que “… las memorias mal resueltas se traducen en resentimientos de fuerte potencial destructivo para el futuro de la comunidad política” [12]. Y así como los militares hicieron desaparecer a muchas de sus víctimas, del mismo modo los movimientos de los derechos humanos han pretendido borrar parte de la verdad histórica. Refiere Leis: “La supresión del lado ‘oscuro’ del pasado revolucionario fue completa: en los altares de la ‘patria democrática’ está ahora registrado que los guerrilleros siempre lucharon contras las dictaduras militares y en defensa de la democracia. De la misma manera, está registrado que nunca hubo terrorismo por parte de la sociedad civil, solamente del Estado” [13].

En nuestra Argentina, hace ya tiempo que tanto la vida individual como la colectiva pretenden edificarse a espaldas de la verdad. La verdad parece presentarse como un obstáculo para el progreso personal y colectivo. Y, pese a los recurrentes fracasos, perseveramos en ese falso camino. Nada nos aparta del mismo: ni la palabra de los hombres sabios, ni la lección de la historia universal, ni nuestra propia experiencia. Pese a ello parece que Dios se conmiserase de nosotros y nos enviase, de vez en cuando, irrupciones de la verdad de la mano de hombres como Del Barco y Leis. ¿Seremos capaces, alguna vez, de acoger en nuestro espíritu a este huésped molesto llamado verdad y del cual depende nuestra salud individual y social?

Notas:

[1] Paul Ricoeur. La mémoire, l’histoire, l’oubli. Paris, Éditions du Seuil, 2000, p. 68.
[2] Oscar del Barco. Carta enviada a La Intemperie en diciembre de 2004. En No matar. Sobre la responsabilidad. Polémica de la revista La Intemperie. Córdoba, Ediciones del cíclope-Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, 2008, 1ª reimpresión, p. 31.
[3] Ibidem, pp. 34-35.
[4] Bs. As., Editorial Katz, 2013, 105 pp.
[5] Ibidem, p. 28.
[6] Ibidem, p. 34.
[7] Ibidem, p. 33.
[8] Ibidem, p. 34.
[9] Ibidem, p. 34.
[10] Ibidem, p. 43.
[11] Cfr. Ibidem, p. 76.
[12] Ibidem, p. 76.
[13] Ibidem, p. 76.

Etiquetas:

Comentarios