Nuestra independencia no significó una ruptura con nuestras tradiciones

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Nuestra independencia no fue una "ruptura" con el pasado, con la tradición, y con nuestra Madre España. Sino que fue sólo una separación política de la Madre Patria, por haber llegado a la edad adulta y estar ya en condiciones de formar una "nueva familia".

Federico Rago

(ArgentinosAlerta.org) "En la benemérita y muy digna ciudad de San Miguel de Tucumán a nueve días del mes de julio de mil ochocientos diez y seis, terminada la sesión ordinaria, el Congreso de la Provincias Unidas continuó sus anteriores discusiones sobre el grande, augusto y sagrado objeto de la independencia de los pueblos que lo forman…"

Así comienza el acta de nuestra independencia nacional, de la cual hoy conmemoramos un nuevo aniversario.

"¡¿Queréis que las Provincias Unidas de la América del Sud sean una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?!” -preguntó a continuación el Secretario del Congreso-.

Y aún no había terminado de decir estas palabras, cuando todos los diputados, poniéndose de pie, dieron su unánime, espontáneo, y decidido voto por la independencia del país; a la vez que el pueblo asistente vitoreaba al Congreso, y aplaudía profundamente emocionado por la trascendencia del acontecimiento.

Hoy conmemoramos, como decíamos, un nuevo aniversario de aquel nueve de julio de mil ochocientos diez y seis, de nuestra independencia, ocurrida hace ya casi doscientos años.Y cabe preguntarse: ¿fue entonces cuando nació nuestra Patria, nuestra Nación, la Argentina? ¡De ninguna manera!

Nuestra Patria Argentina no nace con la independencia de mil ochocientos diez y seis, sino que nació mucho antes. Pues la independencia no fue un nacimiento, sino que más bien fue semejante, como nos dice el Padre Ezcurra , "al desprenderse el fruto maduro de su planta". Fue semejante al hijo, que, al llegar a la madurez, deja la casa de sus padres y su hogar, para formar una nueva familia, y un nuevo hogar. Y el fruto de ninguna manera nace cuando se desprende de su planta; ni el hijo cuando deja a sus padres y su casa.

En mil ochocientos diez y seis comienza nuestra Argentina a andar su propio camino, como nación políticamente independiente, pero la Argentina es y siempre será hija de España. Fue ella quien nos dio a luz, dándonos una historia, una cultura, una lengua, castellana, y lo más importante de todo, nuestra Fe católica, cristiana.

La Argentina nace entonces cuando las culturas de Grecia y de Roma, bautizadas por el Cristianismo, y encarnadas en España, se encontraron, por el afán católico misionero, con las culturas indígenas de América.

De modo que nuestra independencia no fue entonces una "ruptura" con el pasado, con la tradición, y con nuestra Madre España -como algunos nos la quieren presentar-. Sino que fue sólo una separación política de la Madre Patria, por haber llegado a la edad adulta, a la edad madura, por estar ya en condiciones de formar una “nueva familia”.  Separación que entonces no renegó de toda la herencia y tradición recibidas, de nuestras raíces castellanas, sino que más bien las asumió, para, a partir de entonces, llevarlas y comenzar a cultivarlas como propias y personales, en una nueva tierra, en un nuevo suelo, sobre el que ahora estamos.

Es por eso que al ver hoy en nuestra querida tierra Argentina, en nuestra Patria, la Fe y a la Iglesia tan maltratadas. Al ver valores tan indiscutibles, tan evidentes, tan obvios, como la vida, el matrimonio, la familia, tan pisoteados, tan hollados, tan vapuleados; no podemos dejar de dolernos, no sólo, evidentemente, como cristianos; sino también como argentinos, pues todo eso, precisamente por no ser cristiano, no es argentino, pues la Argentina, de nuevo, nació católica, castellana.

¿Qué hacer entonces ante este panorama tan gris y sombrío, tan oscuro, tan triste, que hoy se nos presenta?

Deber nuestro es -y sobre todo de los jóvenes- no sólo mantener y conservar aquellos valores que hacen a la esencia de nuestra Patria, sino también transmitirlos a los que vendrán después de nosotros, a los que nos sucederán.

Ante los tan desvergonzados y escandalosos intentos de desarraigar de nuestra Patria la Fe y todos los valores con que la misma nació; deber nuestro es ser baluarte en donde sigan vivos, baluarte que siga creyendo y defendiendo la gran dignidad de la vida humana, del matrimonio, de la familia, de Dios, y también de la misma Patria.

Este es nuestro deber, a esto estamos llamados, esta es nuestra misión, esta es nuestra vocación, esto es lo que la Argentina espera y pide de cada uno de nosotros.

Y -para terminar- porque no sólo, como decíamos, nació cristiana nuestra Patria, sino también, al mismo tiempo, profunda e intensamente mariana; en estos tiempos oscuros y difíciles no podemos ni debemos dejar de implorarle a la Santísima Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján, que nos proteja y nos guarde bajo su manto -ese cuyos colores, celeste y blanco, siguen vivos en nuestra bandera-, pidiéndole que "vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos", y "ruegue por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte" -"in hora mortis nostræ"-; pues nuestra Patria Argentina está ahora precisamente muriendo, está agonizando. Y sólo, únicamente, si a todo nuestro esfuerzo, a todo nuestro afán, y a todo nuestro empeño, viene a alentarlo, a elevarlo, y a "sobrenaturalizarlo" la gracia divina, por medio de María; podremos salir adelante, y tener por fin una Patria en la que verdaderamente reine la justicia.

Una Patria en la que verdaderamente se respete la vida humana, en la que se respete el matrimonio, en la que se respete la familia. Una Patria en la que se pueda hablar del orden natural. Una Patria que vuelva a creer en Dios. Una Patria que fue en definitiva la que quisieron y por la que lucharon nuestros héroes y próceres, y los mejores hombres de la independencia de mil ochocientos diez y seis. Una Patria que no otros, sino nosotros estamos llamados a y debemos restaurar. Nada más que una Patria, en definitiva, como Dios manda.

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