Luz del mundo (prefacio del libro)

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(AA) Compartimos con los lectores de AA las partes más destacadas del Prefacio de "Luz del Mundo", esperando animar a todos a la lectura completa de este libro de extraordinario valor. Éste es un libro que recoge una “entrevista”, una conferencia entre dos personas. Quien formula las preguntas es el periodista alemán Peter Seewald (1954), buen conocedor del pensamiento de Joseph Ratzinger, ya que en libros anteriores (“La sal de la Tierra” y “Dios y el mundo”) había puesto por escrito sendos diálogos mantenidos con el entonces cardenal Ratzinger. Reproducimos abajo un extracto del prefacio. “LUZ DEL MUNDO”. Prefacio
Por Peter Seewald

Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, me había brindado ya dos veces la ocasión de entrevistarlo durante varios días. Su posición era que la Iglesia no debe esconderse, la fe debe y puede ser explicada, porque es racional. Me daba la impresión de ser alguien joven y moderno, para nada cicatero, sino un hombre que arriesga con coraje, que mantiene viva su curiosidad. Un maestro de superioridad soberana y, además, incómodo, porque ve que estamos perdiendo cosas a las que, en realidad, no se puede renunciar.

La crisis de la Iglesia es un punto y la crisis de la sociedad, otro. Estas crisis no están desconectadas entre sí. Se ha acusado a los cristianos de que su religión es un mundo ficticio. Pero ¿no reconocemos hoy otros muy distintos y auténticos mundos ficticios: los mundos ficticios de los mercados financieros, de los medios, del lujo y de las modas? ¿No tenemos que contemplar dolorosamente cómo una modernidad que pierde los parámetros de sus valores corre peligro de hundirse en el abismo?

Vemos allí un sistema bancario que aniquila enormes patrimonios del pueblo. Vemos una vida a alta velocidad que literalmente nos enferma. Vemos el universo de internet, para el que todavía no tenemos respuestas. ¿Hacia dónde nos dirigimos en realidad? ¿Nos está realmente permitido hacer todo lo que podamos hacer?

El Papa actual quiere que su Iglesia, después de los terribles casos de abuso y extravíos, se someta a una suerte de limpieza a fondo. Según él, después de discusiones tan infructuosas y de ocuparse de forma paralizante consigo misma, es indispensable conocer por fin de nuevo el misterio del evangelio en toda su grandeza cósmica.

En la crisis de la Iglesia se cifra para él una enorme oportunidad, la de redescubrir lo auténticamente católico. Para él la tarea es mostrar a las personas a Dios y decirles la verdad: la verdad sobre los misterios de la creación, la verdad sobre la existencia humana, y la verdad sobre nuestra esperanza, que va más allá de lo puramente terreno.

¿Acaso no nos estremece ya hace mucho tiempo lo que nosotros mismos hemos ocasionado? La catástrofe ecológica prosigue sin frenos. El ocaso de la cultura adquiere formas amenazantes. Con la manipulación médico técnica de la vida, que en otro tiempo se consideraba sagrada, se están violando las ultimas fronteras.

Al final, el mensaje de Benedicto XVI es un dramático llamamiento a la Iglesia y al mundo, a cada individuo: no podemos seguir adelante como hasta ahora, exclama. La humanidad está ante una bifurcación. Es tiempo de entrar en razones, de cambiar, de convertirse. Y sostiene, imperturbable: “se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro”.

En la pregunta acerca de si Dios, el Dios de Jesucristo, está presente y si es reconocido como tal, o si desaparece, se decide hoy el destino del mundo en esta situación dramática.

Para el estilo de vida actual, posiciones como la que sostiene la Iglesia católica se han convertido en una tremenda provocación. Nos hemos acostumbrado a considerar los puntos de vista y las formas de comportamiento tradicionales y probados como algo que sería mejor neutralizar a favor de las tendencias más baratas. Pero, así cree el Papa, la era del relativismo, de una cosmovisión “que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”, se acerca a su fin.

 

 

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