"Demagocracia"

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(AA) Hace poco más de veintiocho años nuestro país celebraba victorioso el reencuentro con la suspendida democracia. Salíamos de una etapa oscura de nuestra gran historia, tan tapizada de claros y oscuros desde los comienzos, y parecíamos resurgir con un vigor jamás visto.

Sin embargo, a pesar del optimismo de muchos, la salud del sistema democrático nunca pareció alcanzar el esplendor deseado: entre las diversas opiniones, algunos lo atribuirán a la ausencia de un verdadero Estado de derecho, otros a la falta de madurez de nuestra joven democracia. Sea como fuere, creemos que en nuestra Argentina lejos estamos de una auténtica democracia, y por eso, creemos oportuno reflexionar sobre algunas de las condiciones que son indispensables para garantizar el ejercicio pleno de la misma.

Por estos días hemos escuchado una cuestión que ya ha suscitado polémica, y es la relacionada con la reducción de la edad mínima para la participación en el ejercicio electoral. Al margen de esta discusión, es necesario recordar que el fortalecimiento democrático no solo se realiza aumentando la masa electoral, sino, y sobre todo, en la formación de electores competentes, cuya autonomía y pensamiento crítico los definan.

En consecuencia, un pilar fundamental (aunque fundamentalmente olvidado desde hace tiempo) resulta ser la Educación, en sus diferentes niveles. Y es que la misma, es el pulmón que garantiza a la sociedad el sano equilibrio entre las necesidades comunes y la auténtica manera de satisfacerlas; es decir, es el único camino que conduce al progresivo e ininterrumpido crecimiento nacional. Se trata de resaltar lo substancial y de eludir lo efímero, de dejar de lado las cuestiones aisladas de los argentinos, y priorizar lo común a todos. Como bien nos recordó Ernesto Sábato, "la educación es lo menos material que existe, pero lo más decisivo en el porvenir de un pueblo, ya que es su fortaleza espiritual".

Dentro de la autonomía y el pensamiento crítico que creemos indispensable para el saludable ejercicio ciudadano, está la correcta comprensión de que la Democracia no es un sistema de vida, sino solo un sistema de gobierno. Es fundamental dicha distinción, ya que se suele correr el riesgo de creer, casi a modo de dogma, que las mayorías siempre tienen razón. En otras palabras, actualmente existe la tentación de creer que la verdad se construye por consensos, y que los valores fundamentales derivados de la misma, pueden ser puestos a consideración del cambiante "espíritu de masas".

Si por un instante hacemos el ejercicio de suponernos víctimas de dicha tentación, y siguiendo con la misma lógica, pondremos de manifiesto lo grave de tal absurdo: uno de los pilares del sistema democrático es el reconocimiento de la dignidad de toda persona humana, y sí, la legitimidad del mismo principio (inherente al sistema) se pone en consideración de las mayorías cambiantes, correríamos el riesgo de generar una conducta autodestructiva cada vez que se exprese en su contra.

Advirtiendo el peligro de la psique de masa o gregarismo, Jung, en su obra Arquetipos e Inconciente Colectivo, advierte que: "(...) para la mayoría, una opinión válida debe contar con el aplauso de la multitud más numerosa que sea posible, sin que entren en consideración los argumentos que en su favor presente. Es verdadero y válido aquellos que creen muchos porque confirma la igualdad de todos. Pero para una conciencia diferenciada, ya no resulta obvio que sus propios principios sean también aplicables a otros y viceversa (...)".

Otro de los perjuicios hacia la democracia que podemos advertir es la lamentable actitud argentina, de reducir la participación ciudadana al simple acto electoral, convirtiéndose en una mera formalidad de procedimiento. Resulta ser que, desde hace tiempo, un vasto sector de la sociedad solo se empapa de "democracia" cuando se avecinan los periodos electivos y las campañas electorales avasallan los medios de comunicación, mientras que en el tiempo comprendido entre elección y elección, la indiferencia y la desaprensión por la realidad parecen definir a la gran mayoría, que lejos está de ejercer una ciudadanía activa.

Por estos días, en nuestro país, fuimos testigos de masivas manifestaciones que se pronunciaron contra diversas decisiones del poder gobernante; lo llamativo de esta situación (similar a otras anteriores) es que la reacción se desencadenó a partir de reclamos, de los cuales muchos fueron y son legítimos (más allá de los exabruptos que, por supuesto repudiamos, como insultos y agresiones), y que son consecuencia del vaciamiento económico, en su gran mayoría; pero consideramos que poco fue dicho del vaciamiento moral del que somos meros espectadores, y que atenta contra las bases mismas que cimientan lo esencial de la estructura democrática.

Como nos enseña el magisterio de la historia, existieron demasiados totalitarismos, visibles o encubiertos (revestidos de "democracias") carentes de Valores Fundamentales, como para seguir observando indiferente y hasta obsecuentemente, la destrucción de una auténtica democracia, donde ya no se contemplan los fundamentos de orden axiológico, por excluirse todo tipo de valoración basada en principios éticos, impidiéndose reflexiones teóricas, en pos de un nocivo pragmatismo, cuya inspiración radica en la peor de las tiranías: la demagogia.

La verdadera Democracia es el fruto de la aceptación de los valores que le dan origen, como el reconocimiento de la dignidad de toda persona humana, el respeto de los derechos del hombre y la búsqueda del Bien Común como fin y como criterio regulador.

Es necesario entender que este sistema de gobierno es consecuencia de los valores mencionados, no al revés; es decir que los mismos no se originan a partir del consenso de las mayorías: la Verdad no se construye por pactos o consensos, sino que ésta es anterior a todos ellos.

Consideramos a la demagogia uno de los peores enemigos de nuestro débil sistema democrático, ya que subestima la inteligencia de los ciudadanos que dice representar, persuadiéndolos con ideologías mezquinas, corrompiendo y desnaturalizando la esencia de la Democracia.

¿Será que el vacío del pragmatismo imperante y las mentiras del progresismo secular, junto con su fiel y necesario aliada, la demagogia, lograron proscribir el pensamiento crítico y el compromiso por la búsqueda del Bien Común?.

Si tal proscripción fue dada, creemos que llegó la hora de abolirla, de modo tal que la Educación sea realmente una política de Estado, y que la misma, no se reduzca a incrementar y mejorar infraestructuras simplemente, sino también, y sobre todo, que procure brindar una formación cada vez más inclusiva y que brille por su calidad, para dejar de formar meros habitantes y comenzar a educar ciudadanos que se caractericen por un auténtico e independiente criterio, por un verdadero compromiso cívico y una admirable solidaridad hacia los demás.

Publicado originalmente en ¡Utreia Argentina!

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