Linchamientos y hastío social con el "garantismo" penal (I)

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¿Es que acaso hay muertos que sí ameritan editoriales, columnas y notas institucionales y otros que sólo son atribuibles a “sensación” de inseguridad “fogoneada” por los medios hegemónicos?

Pablo Yurman

(ArgentinosAlerta.org) Un colega puso blanco sobre negro el clima social que se vive, con esta frase: “¿No irás a publicar lo que pensás sobre los linchamientos y la justicia por mano propia, no?”. Me temo que muchos no están dispuestos a ir contracorriente en estos temas, sobre todo en ámbitos académicos, judiciales, ni hablar de los medios de comunicación.

Pero a pesar de esa atmósfera mediática que pareciera admitir argumentación sólo en una línea, hay que contribuir al debate con otras perspectivas, básicamente por dos motivos. El primero, porque en una democracia ningún ciudadano puede verse impedido ni temer represalias por expresar respetuosa y fundadamente su opinión sobre cualquier tema.

El segundo, porque el tema lo amerita, sobre todo cuando se percibe un fenomenal divorcio entre, por un lado, la opinión publicada de quienes hasta ayer jamás notaron que acá había muertos y demás víctimas de la delincuencia y ahora se rasgan las vestiduras por los linchamientos, y por el otro entre lo que el ciudadano de a pie expresa, esta vez, de modo airado y estridente.

Como hijo nacido en Rosario, Provincia de Santa Fe, padre de familia y abogado formado en la Universidad pública no puedo sino expresar tristeza y pena por lo que ahora se da en llamar “casos de justicia por mano propia” o directamente “linchamientos” protagonizados por vecinos hartos de ser víctimas de los delincuentes.

Constituyen un fracaso colectivo, pero en el que no todas las culpas tienen el mismo peso porque hay una dirigencia política que tiene mayor responsabilidad que un vecino cualquiera en cambiar la realidad que le toca administrar. Pero también hay que destacar que no es menos indignante el espectáculo al que asistimos en los últimos días en que personas e instituciones alzan, en algunos casos por vez primera, su voz por el horrible asesinato de David Moreyra (el joven que murió en un barrio de Rosario) a manos de una turba, pero guardan silencio por otros homicidios igualmente crueles y arteros.

Unas semanas atrás le tocó morir a Leonel González, meses atrás Adrián Pepicce a quien le destrozaron la cabeza arrojando un adoquín sobre Av. de Circunvalación (es el cinturón vial que rodea la ciudad de Rosario). En el medio, decenas de muertes e incontables heridos.

¿Es que acaso hay muertos que sí ameritan editoriales, columnas y notas institucionales y otros que sólo son atribuibles a “sensación” de inseguridad “fogoneada” por los medios hegemónicos?

El sacerdote Edgardo Montaldo al tiempo que condenó la metodología expresó que “esto pasa porque la gente está cansada de que la roben”. Un pastor con olor a oveja, que camina los barrios pobres y al que nadie podría ubicar como pieza en un engranaje montado por la derecha reaccionaria o los medios hegemónicos tendiente a desestabilizar.

A ello se suma otro dato significativo: hace unos días los empleados de una firma dedicada a la elaboración de café cuya planta se ubica sobre Av. de Circunvalación reclamaban seguridad porque no pueden caminar a salvo unas pocas cuadras desde la parada del colectivo a la entrada de la planta.


Según relataron, cuando ven venir las motitos sin patente cuyos ocupantes trasuntan actitudes sospechosas deben guarecerse en algún comercio de la cuadra, hasta que pase el peligro. Es como sucedía con esos caminos inseguros de la Edad Media, ¡pero en pleno siglo XXI! Por eso ahora la CGT reclama, junto a los aumentos salariales, seguridad in itinere para los trabajadores. Provoca vergüenza, o debería, en una sociedad en la que hasta hace algunas décadas no era necesario echar llave a la puerta de calle. ¿Qué nos pasó? ¿acaso todo es atribuible a los vaivenes del PBI como algunos sugieren, o hay causas más profundas?.

Los casos de “justicia por mano propia” no son novedosos. A juzgar por las películas del Lejano Oeste, ya existían en pleno siglo XIX en Estados Unidos precisamente en aquellos parajes en los que la ley era letra muerta. Lo necesario ante ellos es evitar caer en lugares comunes o frases hechas y tratar de identificar sus causas, las razones por las que vecinos comunes someten a una golpiza a un presunto malhechor y, en algunos casos, lo matan convirtiéndose ellos mismos en aquello que repudian.

Paradójicamente, a esto conduce un mal llamado “garantismo” penal entendido como la desnaturalización, exagerada y prejuiciosa, de los derechos y garantías en el ámbito del derecho penal.

Imposible en estas apretadas líneas ir más allá de un simple esbozo de crítica a dicha doctrina del derecho penal, que en general reconoce en el juez de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni a su adalid comunicacional. Lo que es quizá un rasgo distintivo de los epígonos locales del garantismo es su pedantería y soberbia no sólo académica sino social. Suelen pontificar a los cuatro vientos, convencidos de que la realidad social debe adaptarse al cartabón de sus elucubraciones, y no al revés.

Si la realidad no se adapta al manual del Dr. Zaffaroni, la culpa sería, según ellos, de la realidad y no al revés. Pero atención al dato: ese “tonti-garantismo” que en nuestro país campea a sus anchas y ha llevado a que los delincuentes se rían de la justicia y de la sociedad, en aquellos países en donde se originó hace algunas décadas, como ser, por ejemplo, Holanda y los países nórdicos, no pasa de una moda reservada a ámbitos académicos, pero que los políticos difícilmente aplican a sus regímenes jurídicos.

Para los oficiosos voceros de esa corriente, la sociedad no puede ni siquiera debatir sobre bajar en dos años la edad de imputabilidad de los menores porque el sólo hecho de plantearlo huele a fascismo.

Dos simples ejemplos: 

  • No explican por qué hay países europeos y de otras latitudes en que los menores son, en general, sometidos a proceso penal y sin que por ello Human Rights Watch deje de conciliar el sueño.
  • Tampoco explican por qué razón los menores pueden elegir presidente y vice, hacerse practicar un aborto no punible en un hospital público, pero no deberían declarar ante un juez por un hecho delictivo.

¿Identificación a motociclistas?

Días atrás alguien insinuó que dado que las estadísticas indican que, al menos en Rosario, muchos homicidios son perpetrados por sujetos que deambulan de a dos a bordo de motocicletas, podría revisarse ello y, siguiendo ejemplos de ciudades colombianas que obtuvieron buenos resultados, limitar de alguna forma la cantidad de ocupantes o que los mismos vistan pecheras identificatorias, etcétera.

Pero no, ya salió un calificado vocero con pergaminos zaffaronianos a advertir que “eso nos retrotraería a las épocas oscuras” y listo, acá no se discute nada. Ni siquiera se concede en evaluar cómo funcionó el sistema en Colombia.

Es una cerrazón argumentativa completa, que acaso denote una previa cerrazón mental, la que caracteriza a ese mal llamado garantismo penal que ahora se muestra diligente en condenar aquello que su propia prédica ha ido generando en nuestra sociedad, como en una olla a presión.-

Oponete a la reforma del Codigo Penal, firmá aquí:

http://www.citizengo.org/es/5355-nuevo-codigo-penal-mas-garantias-para-delincuentes-y-mas-inseguridad-para-ciudadanos

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