El Papa Francisco y la conquista española

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Reconocer las sombras que acompañaron la obra de evangelización del continente latinoamericano no implica un respaldo a la versión antihispánica conocida como la Leyenda Negra, sin sustento histórico.

Pablo Yurman

(ArgentinosAlerta.org) Debido a que en ambientes académicos vinculados con la historia, pero también con la sociología, la política, incluso la religión, en suma, con la cultura, han producido cierto revuelo las palabras que sobre el período complejo se inició el 12 de octubre de 1492 ha expresado en su visita pastoral a Ecuador, Bolivia y Paraguay, en julio de este año, el Papa Francisco, creo apropiado hacer algunas referencias al respecto. 

 El Pontífice, primero procedente de Hispanoamérica en suceder al Apóstol Pedro, en el marco de una visita pastoral de varios días por los países antes mencionados, hizo puntual alusión a la Conquista de América en ocasión de disertar ante dirigentes de algunos movimientos sociales reunidos en Bolivia, en cuyo marco expresó

 "Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue san Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América".

Pese a que matizó luego agregando que tales crímenes fueron denunciados y mitigados en parte por la labor misionera de miles anónimos religiosos también llegados a América, los medios masivos sólo se hicieron eco, salvando alguna excepción, de la primera parte de sus palabras. 

 

 En rigor de verdad, no es Francisco el primer Sumo Pontífice en hacer un mea culpa respecto de las sombras de aquel período. Ya lo había hecho, tal como él mismo lo expresó, su predecesor Juan Pablo II en las numerosas visitas que efectuó al continente, pero muy especialmente en Santo Domingo en 1992 durante los actos previstos por el Quinto Centenario del descubrimiento de América. Y luego Benedicto XVI en 2007 refirió a

las sombras que acompañaron la obra de evangelización del continente latinoamericano (...) los sufrimientos y las injusticias que infligieron los colonizadores a la población indígena, pisoteadas a menudo en sus derechos fundamentales. 

 Algunas voces han pretendido extraer de las palabras del Papa Francisco las cuales, como se ve, no son las primeras pronunciadas por un líder de la Iglesia Católica en la dirección señalada, un respaldo a la versión antihispánica que sobre el período se conoce como Leyenda Negra. 

 

 Considero que una tal simplificación resulta desacertada en todo sentido. Baste decir que días más tarde de las palabras pronunciadas en Bolivia, en Paraguay, el mismo Francisco tuvo expresiones elogiosas respecto de lo que constituyó acaso una de las experiencias más provechosas en la Evangelización de los pueblos que poblaban el continente a la llegada de los conquistadores, íntimamente relacionada con su propia vocación religiosa: las misiones jesuíticas. 

 

 Acaso el aspecto medular donde descansa la reflexión que los hispanoamericanos debemos, por imperativo del momento histórico que transitamos, pase por verificar si hubo en la conquista, poblamiento y evangelización de estas tierras, algo que permita diferenciarla de procesos similares llevados a cabo por otras potencias europeas, v.gr., Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia. 

 

 Adelanto aquí un perfil que me parece fundamental, relacionado con establecer si el proceso admite el siguiente distingo: la manera de encarar por parte de España la administración de las Indias ¿fue previamente materia de reflexión desde la moral, la teología y, consecuentemente, la política y el derecho, por parte de la Corona? Y, no menos importante que la anterior cuestión, ¿se fijaron pautas oficiales para que la Conquista asumiera ciertos perfiles distando, en cambio, la realidad de adecuarse a tales patrones? 

 

Intentando responder a estas preguntas, la historia documentada parece indicar que referir a crímenes y atrocidades sin hacer, a la par, una recta ponderación de lo que fueron las primeras directivas reales sobre el trato a los indios, sabe a cortedad de análisis y puede generar una mirada injusta que termina tributando, aún sin proponérselo, en la mentada Leyenda Negra, que como tal es leyenda y no historia seria.

Piénsese por caso en la mirada que sobre el particular tuvo nada menos que la reina de Castilla, Isabel la Católica.

Es posible que Isabel pueda ser mejor comprendida a través de su testamento, documento de relativa extensión, dado pocos días antes de su muerte el 26 de noviembre de 1504 en Medina del Campo, en el que se combinan disposiciones vinculadas con la función pública, como aspectos de su vida privada y familiar. Pero es necesario entender, siguiendo al historiador Luís Suárez Fernández, que la lectura del documento

“…exige tener en cuenta las circunstancias en que fue redactado, tan distintas a las de hoy. Isabel, de fe católica profunda, era consciente de que se hallaba próxima a ‘aquel terrible día del juicio y estrecha examinación’, ‘más terrible para los poderosos’ que para las gentes sencillas. Daba, pues, una cuenta cabal de su existencia, de lo que a su juicio había hecho bien y de lo que había hecho mal.”

Previo a emitir cualquier juicio sobre el reinado de Fernando e Isabel debe considerarse que ambos personifican, por un lado, la culminación de una empresa colectiva y nacional cual fue la Reconquista de la península ibérica que había sido invadida por los musulmanes siete siglos antes, pero al mismo tiempo, el inicio de otro proceso no menos impresionante que el anterior, como fue el descubrimiento de América y el consecuente cambio de la historia de la humanidad. La Reconquista (¡a lo largo de siete largos siglos!) se vio facilitada por los ideales comunes de una Fe compartida. Tras la toma de Granada, el Papa Inocencio VIII otorgó a sus majestades el título de Reyes Católicos, ratificado por su sucesor Alejandro VI mediante la bula Si Convenit.

Dado que por entonces, 1504, la sucesión al trono no estaba reglada por una ley sino por la costumbre, parte del testamento refiere a esta delicada cuestión dinástica. La hija de los reyes, la princesa Juana, estaba casada con Felipe de Habsburgo quién, siendo de origen flamenco (la actual Bélgica) según opinión del citado autor “demostró que no sentía por su esposa y por los reinos de ésta el menor aprecio: lo único que quería era el poder desbancando a su padre Maximiliano y a su suegro Fernando…” Está debidamente acreditado que Juana, a quien luego se apodaría La Loca, sufría efectivamente de serios desequilibrios en su conducta. Pero los reyes tenían una obsesión: que no se hiciera del trono de la España unificada un príncipe nacido en cualquier otro sitio de Europa. De ahí que se optara por una fórmula original. La heredera al trono sería Juana, pero ante su incapacidad, gobernaría, en carácter de Regente, el rey Fernando hasta su muerte, ocurrida en 1516.

También se hallan en el documento que se analiza directivas de la reina Isabel encaminadas a vigorizar la Iglesia dentro de sus dominios, continuando la obra que en ese sentido iniciara junto con su esposo el rey. Es bastante extendida la opinión de que fueron tales medidas de saneamiento de la vida eclesiástica peninsular las que evitarían en los años siguientes que en España arraigaran las ideas de Lutero, convirtiéndose de hecho en baluarte del catolicismo en su resistencia contra el protestantismo que se extendió a media Europa.

Con todo, como dice Suárez Fernández, el capítulo más importante por las grandes consecuencias que de él se derivaron “figura en el Codicilo, no en el Testamento, y es el que reconoce en los habitantes de las islas y Tierra Firme (todavía no se utilizaba el nombre América) recién descubiertas la condición de súbditos y, con ella, los derechos humanos de vida, propiedad y libertad." (1) En efecto, los dilemas teológicos y jurídicos respecto del trato a dispensar a los naturales de América tenía como antecedentes los previos descubrimientos de las islas Canarias en el Océano Atlántico. La reina promovió desde sus inicios un trato humano y benevolente para los naturales, prohibiendo expresamente que se los sometiera a esclavitud, por ser personas libres. De hecho, por intervención suya, se evitó que se vendieran como esclavos los indios que el mismo Colón llevó a España tras su primer viaje al Nuevo Mundo.

Como expresión de su última voluntad dice el Codicilo que “Por ende suplico al Rey … y encargo y mando a la dicha Princesa mi hija y al dicho Príncipe su marido, que así lo hagan y cumplan y que éste sea su principal fin y que en ello pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de dichas Islas y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados, y que si algún agravio han recibido, que lo remedien..." (2)

Para finalizar esta aproximación, cabe destacar una peculiaridad propia de la historia argentina respecto a la mirada hacia el fenómeno de la conquista. Todos los movimientos populares que, con matices, enfrentaron el imperialismo de turno fueron hispanistas, entendido el término como la comprensión del proceso de liberación nacional como heredero de ciertas y definidas tradiciones: los caudillos federales del siglo XIX, el radicalismo yrigoyenista y, finalmente, el justicialismo. Por el contrario, las élites portuarias aliadas del imperialismo fueron, invariablemente, aunque con matices, antihispanistas.

Es, en todo caso, parte de una temática (la histórica) que admite opiniones, matices, en los que puede haber disenso o acuerdo y que sólo requiere de una condición básica y elemental: el máximo rigor posible en orden a fundamentar con base en documentación indubitable.

[1] Suárez Fernández, Luís, “Análisis del testamento de Isabel la Católica”, en https://revistas.ucm.es/index.php/CHMO/article/download/.../23928, consulta online del 09/08/2015, pág. 87.
[2] Ibídem, pág. 88.

Notas realcionadas:

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