La Yihad en París: un conflicto de civilizaciones

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El periodista español Francisco Contreras sostiene que los atentados islamistas de París responden a un conflicto de civilizaciones del que nadie escapa.

Francisco José Contreras

(Actuall / ArgentinosAlerta.org) El gran Marcello Pera escribió en 2005: “De Afganistán a las Filipinas, pasando por Cachemira, Chechenia, Palestina, Argelia y Marruecos, importantes grupos fundamentalistas -talibanes, Al Qaeda, Hezbollah, Hamás, Hermanos Musulmanes, Yihad Islámica, GIA…- han declarado una guerra santa a Occidente, la yihad. Lo han dicho, comunicado, predicado y difundido con letras muy claras. ¿Por qué no tomamos nota?“.

En efecto, una Europa post-histórica (Kagan), reblandecida por siete décadas de paz y de Estado del Bienestar desresponsabilizador, se niega a “tomar nota” de que se trata de una guerra.

De ahí la necesidad de interpretar la violencia islamista como reactiva, como respuesta racional a supuestos agravios infligidos por Occidente:

  • Cuando cayeron las Torres Gemelas, bueno, es que los americanos se lo habían buscado, con su imperialismo y su islamofobia (en realidad, EEUU había salvado a millones de musulmanes en los 90: por ejemplo, protegiendo la distribución de ayuda humanitaria en Somalia, en 1993, o bombardeando a los serbios que estaban a punto de completar una “limpieza étnica” anti-islámica en Bosnia, en 1995).
  • Cuando volaron los trenes de Atocha y el metro de Londres, los verdaderos culpables fueron Aznar y Blair, esos lacayos de Bush.
  • Presidente de Rusia Vladimir PutinDerribaron el avión ruso en el Sinaí… pero es que Putin se lo había buscado: ¿quién le mandaba atacar a los islamistas?
  • También hay que entender los acuchillamientos de judíos en Jerusalén: como todo el mundo sabe, Israel robó su territorio a los palestinos (en 1947 los judíos aceptaron el plan de partición de la ONU y los árabes lo rechazaron, pero ¿a quién le interesan esas minucias?).
  • Y los atentados de ayer hubieran podido evitarse si a Hollande no se le hubiera ocurrido intervenir en Siria.

Según Bruckner, a Occidente, culpable por toda la eternidad, le queda prohibido juzgar o combatir a otros regímenes, otras religiones

Es la patológica “tiranía de la penitencia” a la que se refirió Pascal Bruckner: “A Occidente, culpable por toda la eternidad, le queda prohibido juzgar o combatir a otros regímenes, otras culturas, otras religiones. Nuestros crímenes pasados nos obligarían a mantener la boca cerrada; nuestro único derecho es el silencio”.

Pero es también un mecanismo avestrucil de negación del conflicto de civilizaciones. Si el terrorismo islamista es la respuesta racional a agresiones occidentales, bastará con dejar de “agredirles” para poder vivir en paz. El yihadista no estaría atacando a Occidente en cuanto tal, sino al criminal Bush, al maldito Aznar, al imprudente Hollande…

Más de un español iluso estará felicitándose de que Rajoy se haya mantenido prudentemente al margen (¡a él no le lían!) de los bombardeos contra el IS. Olvidan el famoso mapa en el que la bandera califal vuelve a ondear orgullosa sobre Al-Andalus, tierra musulmana (Dar-al-Islam puede retroceder de facto, pero nunca de iure) que debe ser recuperada de manos de los cruzados.

En realidad, es un conflicto de civilizaciones, y nos concierne lo queramos o no. El apaciguamiento no nos servirá, como no les sirvió a Chamberlain y Daladier frente a Hitler.

El fundamentalismo islámico -en sus diversas versiones- gana terreno: domina Estados importantes (Irán, Arabia), tiene planteadas guerras civiles en otros cuantos (Siria, Irak, Yemen, Nigeria…). Su implantación popular es tal, que cuando se celebran elecciones libres, los islamistas pueden ganarlas (así, los Hermanos Musulmanes en Egipto, en  2012 o el FIS en Argelia, en 1992), y las “primaveras árabes” de 2011 han terminado cobrando un color islamista en todas partes menos en Túnez.

El objetivo primordial del yihadismo es derrocar a los gobernantes “apóstatas” (no fundamentalistas) de los países musulmanes, tomar el poder y restablecer un califato pan-islámico basado en la sharia. Si los presidentes laicos del mundo islámico son el “enemigo cercano”, Occidente es el “enemigo lejano”, la civilización rival con la que habrá que terminar luchando por el dominio mundial.

De hecho, entre el siglo VII y el XVII, Occidente y el Islam lucharon de manera casi constante: de Yarmuk a Covadonga, de Poitiers a las Cruzadas, de Las Navas a Lepanto; todavía en 1683 estuvieron los turcos por segunda vez a las puertas de Viena. El pulso quedó suspendido por la abrumadora superioridad occidental entre los siglos XVIII y XX. Pero los yihadistas consideran que esa pausa ha terminado, y que ha llegado la hora de la revancha.

En la Edad Media y el siglo XVI, un Occidente todavía cristiano era combatido en tanto que religión rival. En el siglo XXI, un Occidente ya post-cristiano también suscita el odio islamista en cuanto encarnación del hedonismo, la permisividad y el materialismo ateo. Y de la libertad.

El Islam se expandió históricamente mediante la espada, y su fundador dirigió ejércitos

No se puede, ciertamente, incriminar a mil millones de musulmanes, ni tampoco a las decenas de millones radicados en suelo europeo. Sin duda una mayoría de ellos son pacíficos; recordemos que la mayoría de las víctimas del yihadismo son musulmanas (aunque sólo sea por inmediatez geográfica).

Pero sería igualmente absurdo negar la conexión del yihadismo con el Islam, alegando que “el verdadero Islam es una religión de paz”.

El Corán y los hadices contienen decenas de alusiones a la yihad; el Islam se expandió históricamente mediante la espada, y su fundador dirigió ejércitos.

Samuel Huntington se refirió en los años 90 a las “fronteras sangrientas del Islam”, demostrando que la mayor parte de los conflictos bélicos post-1989 tienen lugar, bien en territorio musulmán, bien en el perímetro de contacto del mundo islámico con otras civilizaciones: Israel, Cáucaso, Balcanes, Sudán, Nigeria… Con su proporción creciente de población musulmana, Europa occidental empieza a formar parte de ese perímetro.

Al abdicar de la primitiva costumbre de formar familias y tener hijos, el Occidente postcristiano ha dejado un hueco demográfico que millones de inmigrantes norteafricanos y turcos se han apresurado a llenar. Sí, la mayoría de ellos no buscan otra cosa que el bienestar y los derechos (huyendo, precisamente, de sociedades islámicas fallidas).

Algunas estimaciones hablan de hasta un 15% de aprobación de las acciones yihadistas entre la población musulmana de Europa

Pero la inadaptación social y el vacío espiritual que una Europa post-religiosa no sabe cómo llenar lleva a algunos a interesarse por su religión de origen, y en sus versiones más radicales. Algunas estimaciones hablan de hasta un 15% de aprobación de las acciones yihadistas entre la población musulmana de Europa. Sí, también entre esas muchedumbres “sirias” que aguardan en Eslovenia frente a las alambradas.

Es una guerra (postmoderna, asimétrica), y habrá que librarla en varios frentes. Una intervención multinacional en Siria e Irak que acabe con el IS en tanto que “estado” sería importante, aunque el fundamentalismo islámico no se agota en el IS. En el frente interno, es necesario detener el crecimiento del porcentaje de población musulmana en Europa. No se puede expulsar a los ya instalados, pero se puede impedir la llegada de más inmigrantes.

A los ya establecidos en nuestro territorio, habrá que intentar ganárselos culturalmente: conseguir que compartan nuestros valores, nuestras creencias, nuestros ideales, nuestra visión del mundo. Claro que para eso habría que tener alguna.

 Francisco José Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).

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